Bruno Borjabad / San Marcelino
En el campo de fútbol de San Marcelino, en València, hay algo que llama la atención incluso antes de que empiece el partido. No está en el césped ni en las gradas. Está a pocos metros, en forma de rutina casi invisible: dos bares, dos clubes y dos maneras de entender el mismo espacio.
El campo es compartido por el CDA San Marcelino y el Club Colegio Salgui, dos clubes que conviven a diario en las mismas instalaciones. Comparten vestuarios, horarios y terreno de juego, pero fuera del césped la convivencia adopta otra forma. Cada equipo tiene su propio bar, su punto de encuentro, su pequeño territorio dentro del recinto.
El espacio en el que conviven ambos bares también habla por sí solo. Situados justo cuando acaba la grada, uno aparece a continuación del otro, casi sin separación física. Primero se encuentra el toldo del San Marcelino, y a pocos pasos, el toldo verde del Salgui que marca el siguiente punto de encuentro. Sus terrazas están pegadas, compartiendo prácticamente el mismo espacio exterior, mientras que en el interior la estructura es muy similar: una barra al fondo y varias mesas donde familias, jugadores y entrenadores se reúnen para comentar el partido o simplemente tomar algo.

La escena se repite cada fin de semana. Tras los partidos, los niños y adolescentes se quitan las botas y, casi sin pensarlo, se dirigen al bar “de los suyos”. No es una decisión que se debata: es costumbre, es identidad, es pertenencia.
Detrás de esta curiosa división hay, sin embargo, una explicación mucho más histórica que competitiva. Tal y como explica Ximo García, psicólogo deportivo del Club Colegio Salgui, “el origen del diseño de los dos bares viene desde el año 2000, cuando se construye el campo de fútbol”.
En ese momento, el San Marcelino fue quien lideró la inversión y construyó su sede, que ya incluía oficinas, vestuarios y un servicio de quiosco-bar para sus socios. El Salgui, por su parte, todavía no contaba con instalaciones propias dentro del campo y desarrollaba su actividad desde el colegio, aunque ya existía un espacio reservado para una futura sede.
Años después, cuando el Salgui reunió los recursos necesarios, dio el paso y construyó su propia sede en ese lugar. Como señala Ximo, “hicimos exactamente lo mismo: la secretaría, la zona técnica y el quiosco”, replicando el modelo existente en el campo.

La opción de unificar ambos espacios llegó a plantearse, pero nunca se materializó. “Se podría haber hecho, pero no se hizo”, reconoce García, por lo que ambos bares han continuado funcionando de forma independiente como parte de la estructura del recinto.
Esa evolución histórica explica también lo que ocurre hoy en día. Los bares no solo son un servicio, sino una extensión de cada club. Allí se reúnen jugadores, familias y entrenadores, reforzando un sentimiento de pertenencia que va más allá del terreno de juego.
Así, lo que a simple vista parece una curiosidad, dos bares en un mismo campo, es en realidad el reflejo de una evolución compartida. Dos clubes, un mismo espacio y una convivencia construida con el tiempo, donde incluso los detalles más cotidianos cuentan parte de la historia del fútbol base en San Marcelino.



















